La Nación Argentina y la realidad del Ministerio Profético (E-book)

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Descripción

Capítulo 4                                        Con los pies sobre la Tierra

La falta de identificación con el otro en una visión divina es la peor de las soledades.

“37Vino luego y los halló durmiendo; y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora?” (Mr 14:37).

Aquel año dos mil en Argentina, era absolutamente un mal año, pero nada en comparación con lo que iba a ser y se viviría en los dos años subsiguientes. Los malos acontecimientos se sucederían  uno a otros, con algunos intermedios, solo para dejar espacio para otros peores. Los presidentes  no duraban en el poder, algunos ni una semana, los estallidos sociales y las manifestaciones de hartazgo y dolor del pueblo manifestándose con verdadero disgusto en las calles, eran lo habitual en aquellos días. Fue en medio de este panorama tan oscuro y desolador, que Dios me envió a mi tierra. Él me había prometido que todo cambiaría, que Argentina se levantaría y resplandecería con su gloria de restauración y justicia. Mientras tanto, el pueblo había perdido el respeto por los gobernantes, las instituciones y hasta los colores de su bandera. Ese amor a la patria tan característico de los argentinos, ese fervor por el destino de su pueblo, la disposición de entregar la vida por su bandera si se lo demandaba, todo  había desaparecido bajo el manto del maltrato, traición, abuso y discriminación social. El deseo de la mayoría era irse del país lo más pronto que les fuese posible. Para esto, esperaban en multitud frente a las embajadas, solicitando las visas necesarias para poder hacerlo. Todos deseando probar nuevos horizontes, donde pudiesen tener mejores oportunidades para ellos y sus familias. Especialmente eran los jóvenes, y quizás los más preparados académicamente, los que emigraban por miles. El suelo argentino, otrora tierra de oportunidades para muchas naciones que habían hallado en nuestro suelo paz y trabajo, refugio promisorio de inmigrantes de todo el mundo, ahora se había convertido en una cárcel de desesperación, desaliento, hambre y corrupción. Nos habíamos quedado sin esperanzas, sin amor hacia nuestra bandera, una experiencia nunca vivida en Argentina. Antes el enemigo era el de afuera, entonces nos uníamos y lo vencíamos, y si acontecía lo contrario, entonces nos consolábamos entre nosotros.

Pero ahora era diferente, había rechazo y desconfianza por los gobernantes y los políticos. Es que habían sido ellos los que en vez de defendernos como nuestros compatriotas representantes, nos habían entregado a la mano opresora de los enemigos de la Patria. Los mismos que debiendo haber abogado por nosotros con leyes justas, por el contrario nos habían entregado, vendido y esclavizado. Porque el pueblo puede llegar a entender errores, malas decisiones y hasta desafortunadas inclinaciones, pero jamás podrá llegar a comprender o justificar, a los que por dinero venden a su propia tierra y a sus conciudadanos, que viven sobre ella. Y es una pena, pero aun hoy convivimos con ellos, y más vergonzoso aún que esto acontece en el área evangélica. Puesto que por una parte se le predica al necesitado un mensaje de restauración, perdón y esperanza, alentándolo a salir adelante mediante su esfuerzo y trabajo y asegurándole que puede mejorar su vida; pero por otro lado se resiste a un Estado integrador que desea auxiliarlo cuando su necesidad es extrema. El que otorgándole medios de superación en el área de la salud, alimentación y educación, y respaldando el esfuerzo de cada uno, hace posible su recuperación. Y es en este punto, que tendríamos que reflexionar, pues considero que el verdadero pobre no es el que carece, sino aquel que está preso de su propia codicia.

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